Estos pies sin clavos sangran al paso,
sendas sin triunfo, sin ramos de flores,
escaparate cruel sin compradores
de estos mismos pies claros, sin descanso.
El siglo empezado viene cebado,
viene ajeno a dogmas, a pretensiones
valoradas en añejas pasiones;
viene carente, todo ensimismado.
Y sin cicuta yo dulce en la alacena
para mezclar los besos que no he dado,
para enlutar ya del todo el tejado;
¡Muerte mía, tan bella y obscena!
Mi mano si placeres ya, la diestra
es inmune al frío de la navaja,
se ha cansado de recoger migajas,
ha andado muda, triste, viva muestra
de esta Luna por la mitad partida
a vil fuerza de clamores de antaño,
que han de cimbrar los latidos de hogaño
y me dejan la piel enardecida.
Y sin red yo para atajar auroras
cristalinas gotas de audaz rocío
que me despierten de pronto del frío
!Qué soledad la mía tan cruel ahora!
Mis trazos se quedan cortos y tardos,
se empecinan en raídos pasados
disueltos en mares muertos, salados;
que arremeten contra mis ojos pardos,
que sin quererlo sin más envejecen
al compás de mi pecho calcinado,
sediento de manantiales bañados
de climas donde las brisas perecen.
¡Y yo sin sueños que alcancen la gloria,
los tonos dorados que me inculcaron,
que desde chico me dilapidaron
la alegría, la risa y la euforia!
noviembre 29, 2010
noviembre 26, 2010
Fotografía
Hay un árbol podrido y castaño
plagado de gusanos, carcomido,
sediento, ante la noche enardecido
vomitando pajarillos huraños.
Un columpio arcaico desvencijado,
un charco con colillas de cigarro,
sangre seca, una bota ahogada en barro
ya sin pie, y dos clavos oxidados.
Un abanico que flores mantuvo
entre sus hojas, sorteando los vientos,
un tronco que hace la función de asiento
y la vida que un día gris contuvo.
Decenas de botellas transparentes
ya vacías y por el sol quemadas,
alguna lágrima en piedra tallada,
también, dos pensamientos disidentes
amordazados de forma inclemente;
un talón con dardos envenenados,
el último deseo del condenado
y en el cielo un sol indiferente.
plagado de gusanos, carcomido,
sediento, ante la noche enardecido
vomitando pajarillos huraños.
Un columpio arcaico desvencijado,
un charco con colillas de cigarro,
sangre seca, una bota ahogada en barro
ya sin pie, y dos clavos oxidados.
Un abanico que flores mantuvo
entre sus hojas, sorteando los vientos,
un tronco que hace la función de asiento
y la vida que un día gris contuvo.
Decenas de botellas transparentes
ya vacías y por el sol quemadas,
alguna lágrima en piedra tallada,
también, dos pensamientos disidentes
amordazados de forma inclemente;
un talón con dardos envenenados,
el último deseo del condenado
y en el cielo un sol indiferente.
noviembre 21, 2010
Pensándolo Bien
Aunque pensándolo bien, después de haber malandado
por caminos y valles asustando a las palomas,
embriagándome de húmeda tierra y sus aromas,
dilapidando letras, amores desenterrados,
dejando la humareda tras de mis pasos gastados,
cantando canciones, mirando esa vida latente
que de pronto da y de pronto me deja carente
puedo decir que aún ando, sutil y embriagado
de lo mismo y por lo mismo, feliz y jodido
con los años que me pasan en vano, destilando
los vicios, las noches de Luna tan sólo mirando,
suspirando un clamor inhumano y desmedido.
por caminos y valles asustando a las palomas,
embriagándome de húmeda tierra y sus aromas,
dilapidando letras, amores desenterrados,
dejando la humareda tras de mis pasos gastados,
cantando canciones, mirando esa vida latente
que de pronto da y de pronto me deja carente
puedo decir que aún ando, sutil y embriagado
de lo mismo y por lo mismo, feliz y jodido
con los años que me pasan en vano, destilando
los vicios, las noches de Luna tan sólo mirando,
suspirando un clamor inhumano y desmedido.
noviembre 18, 2010
Aquí hay Lugar
Aquí hay lugar para un estallido,
para un grito, para una mano helada
empuñando la navaja, del hada
de corazón pérfido y tullido.
Aquí mi espalda erizada te espera,
aquí hay lugar ¡bebamos tristeza!
Y ya después, un tiro en la cabeza;
vayamos al cielo en loca carrera.
Aquí hay lugar para ser lo que se es
a media noche, a plena luz de día
sin reparo ante la bisutería
de la palabra ni su razón de ser.
Aquí hay lugar, calores de infierno,
silencios sepulcrales, mil badajos
sin campanas ahogándose de tajo,
palabras quemándose en frío invierno.
También hay caña y tal vez cebada,
malta, almíbares, empañadas copas
observando la caída de las ropas,
de las propias caras desencajadas.
Aquí hay lugar para el humo denso,
para deshacerse de pretensiones,
de antifaces, de capas y faldones.
Aquí hay lugar, ¡Y es tan inmenso!
que en este sitio dios ya no se para,
ni protesta; no se opone, no indaga.
Aquí hay lugar, purulentas llagas
nimbando los futuros que depara.
Aquí hay lugar, piedras totémicas
para olvidarnos que fuimos humanos,
para mutar las patas por las manos,
para tener una patria endémica.
para un grito, para una mano helada
empuñando la navaja, del hada
de corazón pérfido y tullido.
Aquí mi espalda erizada te espera,
aquí hay lugar ¡bebamos tristeza!
Y ya después, un tiro en la cabeza;
vayamos al cielo en loca carrera.
Aquí hay lugar para ser lo que se es
a media noche, a plena luz de día
sin reparo ante la bisutería
de la palabra ni su razón de ser.
Aquí hay lugar, calores de infierno,
silencios sepulcrales, mil badajos
sin campanas ahogándose de tajo,
palabras quemándose en frío invierno.
También hay caña y tal vez cebada,
malta, almíbares, empañadas copas
observando la caída de las ropas,
de las propias caras desencajadas.
Aquí hay lugar para el humo denso,
para deshacerse de pretensiones,
de antifaces, de capas y faldones.
Aquí hay lugar, ¡Y es tan inmenso!
que en este sitio dios ya no se para,
ni protesta; no se opone, no indaga.
Aquí hay lugar, purulentas llagas
nimbando los futuros que depara.
Aquí hay lugar, piedras totémicas
para olvidarnos que fuimos humanos,
para mutar las patas por las manos,
para tener una patria endémica.
noviembre 17, 2010
Carta a Ninguna Parte II
Esta debe ser la enésima ocasión que a la luz del ordenador intento esgrimir un par de palabras, unas líneas que pudieran convertirse en algunos versos ó en una metódica prosa, esperando una benigna metamorfosis que les traiga siquiera alas; esas alas que sólo emplean la libertad como propulsión para surcar los cielos y no piden más.
Puedo presumir, aunque dicha presunción no espete conmiseración ni aplauso alguno, hablar siempre con la verdad. Con esa verdad que siempre es mía por más terrible y vana que parezca, esa que ha de ser por el tiempo carcomida, picoteada por los cuervos una vez de haberle sacado los ojos. Esa verdad que una vez dicha, sin mayor reparo se evapora. Hoy no es la excepción de la regla.
Me siento bastante extraño. Miro la noche con sus estrellas brillando, siento el correr del viento, tan fresco y tan nítido alojándose en mis huesos, siento a leguas la mar apoderándose dentro de mi. ¿Y cómo se hace aquello de llorar? ¿Dónde se halla la compuerta que hace las veces de tope contra el agua salina? ¿Cómo se opera tan compleja maquinaria? No lo se, no miento. ¡Hace tanto que el llanto no barre las arrugas de mi rostro! ¡Hace tanto que no encuentro un regazo tibio y encantado que haga de su calor el lugar perfecto para desembocar mi cause! No miento cuando digo, no miento cuando siento, cuando me siento así, cuando el todo duele como si hubiera antes sido sometido a la piedra y al mortero.
Aquí la gente siempre pasa y rara vez se detiene. Todos corren, miran sus relojes y automáticamente apresuran sus pasos. Yo también lo hago y los pies siempre me duelen. Ya no hay tiempo para más; un saludo haciendo alarde de cortesía y en seguida un hasta luego. Son estos tiempos tiranos quizás el mayor mal del hombre. Quizás, por más que así lo requiera no tengo tiempo de llorar.
Ahora mismo veo la hora. ¡Cómo demonios avanza el minutero receloso de la luz y de su científicamente probada velocidad! Pero aquí estoy, con un café que no me impide dormir sutilmente endulzado con licor de anís; aquí, con esta luz artificial que ha cambiado las bombillas por los leds, escuchando una trompeta en un reproductor musical que ha cambiado los discos de vinil por el formato mp3. Todo ha cambiado. Menos yo. Me pregunto entonces ¿Qué demonios hago aquí?
Y en la misma pregunta noto la respuesta. ¡Eureka! Los demonios, sea el primero o el segundo, el siguiente o el último. ¿Cómo es que uno no puede en estos tiempos de tecnologías tan avanzadas, lograr engancharlos al closet de una forma civilizada y moderna, para seguido echarle llave y olvidarlos tras la puerta? Estúpida es la ciencia entonces, con sus androides y sus incontables métodos para potabilizar el agua, con su experimentación en busca de una vida ecológicamente sustentable. ¿Quién a caso sustenta al hombre? ¿Quién a caso se acuerda del orfebre de la palabra, del pintor de la verdad, del que sin remedio siente y siente cada vez más y así escribe como única salida mientras la vida se le va? ¿Qué rama de la medicina se ocuparía del poeta y su demencia, para proceder a hacer legal la droga que le mantenga lúcido y aceptablemente cuerdo sin necesidad de mostrar receta? ¿Por qué suena tan descabellado el hablar de un sindicato dedicado a cuidar del rapsoda de las relaciones y del despotismo que lo hacen presa de sus propias e innatas pasiones?
Mientras tanto se hace tarde y yo empiezo a escribir estas naderías más aprisa. Pienso en el trabajo que me espera mañana, en la resaca que se acrecienta con la luz del alba, en la necesidad de ir a dormir con la mente en blanco, en los años que pasan y pasan mientras de mis labios no se aleja el tabaco. ¡Qué demonios! No será la primera vez que llegué ocultando los ojos detrás de unas oscuras gafas, ni tampoco aunque me pese, la última. Apuro el trago y siento entonces cierta calma.
¡Ay, ésta mala cabeza mía a donde me lleva! ¡Éste corazón que se pudre con la noche y con sus sombras, con su silencio que no ha de hacer más que derroche de sincero patetismo, sin saber hacia que dirección moverse, sin saber si el vicio debe ser llamado antes de serlo cáncer! Sí, un cáncer que incluso ha de ser el más inhumano y terrible, el más abyecto, el más sutilmente encantador, el más letal y el más indigno de ser heredado.
Pobre de mi hijo, que aún no sabe el padre que le ha tocado tener, el alcohólico, el fumador, el que escribe y se maldice, el que con todos los poros siente, el que dice por las noches lo que no puede de día, el que no se atreve a vomitar su propio mal por ser, absurdamente su mayor cualidad. Pobre de él y de sus días que se le van entre aventuras y alegrías, si es que éste legado le llega en calidad de mortal.
Yo no puedo hacer más, eso lo he comprobado. He intentado inmiscuirme en la vida del hombre normal, he intentado dormirme a sus horas, hacerme un nudo ingles en la corbata y respetar ese ciclo tan monótono de sus días. Ese horario de oficina no me va, como tampoco lo de pasar los fines de semana visitando a la familia, aunque a uno cuando se marcha les saquen figuradamente los ojos. A mí me gusta trabajar cuando hay trabajo, los días feriados, los festivos, cuando todo el mundo descansa; a mí me importa un bledo hacer de la Luna llena una parranda aún siendo entre semana.
Pero me he alejado del punto central. Los rodeos como veréis, son la punta de la navaja que ha de presionar mi cuello para salir enmarañados a chocar contra el papel. Te decía pues, que tengo ganas de llorar, aunque ahora inexplicablemente, ya no las tenga.
Puedo presumir, aunque dicha presunción no espete conmiseración ni aplauso alguno, hablar siempre con la verdad. Con esa verdad que siempre es mía por más terrible y vana que parezca, esa que ha de ser por el tiempo carcomida, picoteada por los cuervos una vez de haberle sacado los ojos. Esa verdad que una vez dicha, sin mayor reparo se evapora. Hoy no es la excepción de la regla.
Me siento bastante extraño. Miro la noche con sus estrellas brillando, siento el correr del viento, tan fresco y tan nítido alojándose en mis huesos, siento a leguas la mar apoderándose dentro de mi. ¿Y cómo se hace aquello de llorar? ¿Dónde se halla la compuerta que hace las veces de tope contra el agua salina? ¿Cómo se opera tan compleja maquinaria? No lo se, no miento. ¡Hace tanto que el llanto no barre las arrugas de mi rostro! ¡Hace tanto que no encuentro un regazo tibio y encantado que haga de su calor el lugar perfecto para desembocar mi cause! No miento cuando digo, no miento cuando siento, cuando me siento así, cuando el todo duele como si hubiera antes sido sometido a la piedra y al mortero.
Aquí la gente siempre pasa y rara vez se detiene. Todos corren, miran sus relojes y automáticamente apresuran sus pasos. Yo también lo hago y los pies siempre me duelen. Ya no hay tiempo para más; un saludo haciendo alarde de cortesía y en seguida un hasta luego. Son estos tiempos tiranos quizás el mayor mal del hombre. Quizás, por más que así lo requiera no tengo tiempo de llorar.
Ahora mismo veo la hora. ¡Cómo demonios avanza el minutero receloso de la luz y de su científicamente probada velocidad! Pero aquí estoy, con un café que no me impide dormir sutilmente endulzado con licor de anís; aquí, con esta luz artificial que ha cambiado las bombillas por los leds, escuchando una trompeta en un reproductor musical que ha cambiado los discos de vinil por el formato mp3. Todo ha cambiado. Menos yo. Me pregunto entonces ¿Qué demonios hago aquí?
Y en la misma pregunta noto la respuesta. ¡Eureka! Los demonios, sea el primero o el segundo, el siguiente o el último. ¿Cómo es que uno no puede en estos tiempos de tecnologías tan avanzadas, lograr engancharlos al closet de una forma civilizada y moderna, para seguido echarle llave y olvidarlos tras la puerta? Estúpida es la ciencia entonces, con sus androides y sus incontables métodos para potabilizar el agua, con su experimentación en busca de una vida ecológicamente sustentable. ¿Quién a caso sustenta al hombre? ¿Quién a caso se acuerda del orfebre de la palabra, del pintor de la verdad, del que sin remedio siente y siente cada vez más y así escribe como única salida mientras la vida se le va? ¿Qué rama de la medicina se ocuparía del poeta y su demencia, para proceder a hacer legal la droga que le mantenga lúcido y aceptablemente cuerdo sin necesidad de mostrar receta? ¿Por qué suena tan descabellado el hablar de un sindicato dedicado a cuidar del rapsoda de las relaciones y del despotismo que lo hacen presa de sus propias e innatas pasiones?
Mientras tanto se hace tarde y yo empiezo a escribir estas naderías más aprisa. Pienso en el trabajo que me espera mañana, en la resaca que se acrecienta con la luz del alba, en la necesidad de ir a dormir con la mente en blanco, en los años que pasan y pasan mientras de mis labios no se aleja el tabaco. ¡Qué demonios! No será la primera vez que llegué ocultando los ojos detrás de unas oscuras gafas, ni tampoco aunque me pese, la última. Apuro el trago y siento entonces cierta calma.
¡Ay, ésta mala cabeza mía a donde me lleva! ¡Éste corazón que se pudre con la noche y con sus sombras, con su silencio que no ha de hacer más que derroche de sincero patetismo, sin saber hacia que dirección moverse, sin saber si el vicio debe ser llamado antes de serlo cáncer! Sí, un cáncer que incluso ha de ser el más inhumano y terrible, el más abyecto, el más sutilmente encantador, el más letal y el más indigno de ser heredado.
Pobre de mi hijo, que aún no sabe el padre que le ha tocado tener, el alcohólico, el fumador, el que escribe y se maldice, el que con todos los poros siente, el que dice por las noches lo que no puede de día, el que no se atreve a vomitar su propio mal por ser, absurdamente su mayor cualidad. Pobre de él y de sus días que se le van entre aventuras y alegrías, si es que éste legado le llega en calidad de mortal.
Yo no puedo hacer más, eso lo he comprobado. He intentado inmiscuirme en la vida del hombre normal, he intentado dormirme a sus horas, hacerme un nudo ingles en la corbata y respetar ese ciclo tan monótono de sus días. Ese horario de oficina no me va, como tampoco lo de pasar los fines de semana visitando a la familia, aunque a uno cuando se marcha les saquen figuradamente los ojos. A mí me gusta trabajar cuando hay trabajo, los días feriados, los festivos, cuando todo el mundo descansa; a mí me importa un bledo hacer de la Luna llena una parranda aún siendo entre semana.
Pero me he alejado del punto central. Los rodeos como veréis, son la punta de la navaja que ha de presionar mi cuello para salir enmarañados a chocar contra el papel. Te decía pues, que tengo ganas de llorar, aunque ahora inexplicablemente, ya no las tenga.
noviembre 10, 2010
Olvidé
Maldito gato...
*habla
*todo lo que ve de noche
*no se calla *
y no me deja vivir en fantasía
*me cuenta de Sabina
*yo le ofrendo dos frascos de ron
*al flaco que dejo de ser rockero
*para ser un gato...
Rodolfo Sandoval.
Compañero y amigo poeta.
¡Cuánto le debo!
Olvidé un neceser camino al mar
que dos puñados de sal contenía,
el nácar de la Luna, su agonía
y el furor de una vida sin azar.
¡Ah, la humareda entraba a los pulmones
saliendo por las fauces tan agrestes
en espesas bocanadas, so peste
mientras el diablo cantaba canciones!
Y olvidé con él la tibia brisa
surcando mi mejilla tras tu beso
los espasmos, los huecos en los huesos,
y el reloj corriendo a toda prisa.
¡El alma pintada con negro tizne,
como nocturno y boreal arco iris
ensayando el precioso harakiri,
entre miles de ennegrecidos cisnes!
La olvidé también, la cálida hoguera
que encendida, atiza lacios clamores
del pecho, con tintes inquisidores,
quemando sangre, en la tierra sin guerra.
¡Cuantas banderas habrán abdicado
tras mirar su recio mástil en llamas,
tras el fuego consumiendo sus ramas,
sangrando, el frío metal calcinado!
Ya después me olvidé de mi recato,
de mis ojos, de mis lágrimas de sal
bajo mis pasos, de mi frío glacial,
me quité la piel y nació el gato.
Cada noche, gato, tu aquí, conmigo
saliendo en tinta negra, sobre la hoja
trayendo hasta mi necias paradojas,
¡Y yo aquí, sin olvidarte, contigo!
noviembre 07, 2010
A la Distancia
A la distancia, siempre a la distancia.
Reumática el alma, los intestinos
desembocando en el mismo camino,
con la misma mierda; alejada infancia
que ahora como perro su furia gruñe,
con la viva locura atada al cuello,
con su blanco y su negro, ¡Qué sello
el de sus ojos sin mayor acuse!
Y ladra a la Luna y al sol diurno,
a los muertos, a los vivos, a todos,
al demonio, al dios, a la huella en el lodo,
a la inercia ya después, taciturno.
Y corre ya el tren de las once treinta
a la distancia, a la misma, lo mira
lo huele, su aliento oxidado respira
y se le llena el hocico de ausencia
que no es blanca ni negra, tampoco azul
rompiendo en noche, ni plata de estrella
recatada de esa luz de doncella;
lejana la ausencia vestida de tul.
Reumática el alma, los intestinos
desembocando en el mismo camino,
con la misma mierda; alejada infancia
que ahora como perro su furia gruñe,
con la viva locura atada al cuello,
con su blanco y su negro, ¡Qué sello
el de sus ojos sin mayor acuse!
Y ladra a la Luna y al sol diurno,
a los muertos, a los vivos, a todos,
al demonio, al dios, a la huella en el lodo,
a la inercia ya después, taciturno.
Y corre ya el tren de las once treinta
a la distancia, a la misma, lo mira
lo huele, su aliento oxidado respira
y se le llena el hocico de ausencia
que no es blanca ni negra, tampoco azul
rompiendo en noche, ni plata de estrella
recatada de esa luz de doncella;
lejana la ausencia vestida de tul.
noviembre 05, 2010
Tengo Sueño
Tengo sueño.
¿Ó, tengo sueños?
¿Ó, te tengo a ti, en mis sueños?
¿Ó, lo que tengo son ensueños de tus sueños?
¡Qué va!
Si sólo tengo sueño.
¿Ó, tengo un solitario sueño?
¿Ó, sólo, sin tener nada, en soledad sueño?
¿Ó, solitariamente te sueño en tus ensueños?
!Como quiera que sea!
Tengo sueño.
¿Ó, tengo sueños?
¿Ó, te tengo a ti, en mis sueños?
¿Ó, lo que tengo son ensueños de tus sueños?
¡Qué va!
Si sólo tengo sueño.
¿Ó, tengo un solitario sueño?
¿Ó, sólo, sin tener nada, en soledad sueño?
¿Ó, solitariamente te sueño en tus ensueños?
!Como quiera que sea!
Tengo sueño.
noviembre 03, 2010
Sincera Carta Lacónica II
No pretendo al cerrar los ojos, con la cabeza sobre la almohada soñar. No, mis sueños viven mientras el sol en lo alto reverdece las flores que al parecer, han sido aroma de antaño. Yo vivo sobrevivo entre algodonadas nubes que dan descanso a mis pies, entre el sopor que solo puede ser resultante de la ebriedad del ron, de un beso que entre lencería de oscuro encaje, logré quitar la plusvalía que el hombre contemporáneo ha logrado darle a ese mal llamado razón, que aunque nadie, en realidad la tiene, ha venido a ser ese utópico pan que aparentemente puede acrecentar en la misma proporción los peces. Un beso, dime tú ¿Quién no lo tiene?
Tenemos los labios, articulados que una veces dicen y otras veces callan, que algunas veces sugieren y otras relatan ó preguntan, sea al atardecer ó sea en su mayor momento al alba; y sin embargo, cuando más conveniente debería ser, la palabra no los dilata. Cuestión de enfoques podría ser, y aunque tampoco me cierro, un susurro escapado de ellos, a media noche, con las luces bajas no me haría mal si lograrán parir lo que escuchar en realidad quiero. Pero ¿Qué te ha de importar, a ti, con tus ideas tan alejadas de las mías, con tus propias preocupaciones características de la vida? Pero los tienes, dos pares de ellos y eso, a estas horas, a mi me pesa.
Lo grillos, que han venido a mi rescate, me cantan sus sonatas. Me invitan a permanecer insomne hasta la ya tan próxima mañana. Me invitan y me incitan y tu no dices nada. Y no es que pretenda tampoco, sentirte toda mía a plena luz ni enajenada, ni meditabunda como yo por la caña embriagada; tal vez sea solo cosa de los días que transcurren, así, sin que uno lo quiera, sin someterse siquiera un segundo al sentimiento que estanca, sin la ofuscación de las letras, sin esperar el mismo mañana. Por que mi vicio principal consiste en vivir un rato, sobrevivir al rayo de sol y después revivir enfrascado en tabaco y alcohol: No es lo mejor, bien lo se. Pero ¿Cómo demonios sobrevivir ante dicho horror?
Lo ves, no hay siquiera respuesta. Tus labios sin más, teniendo yo el corazón en la mano se cierran y el silencio nos hace presa; y ya después de todo se apodera.
Sincera Carta Lacónica I
Debería decirte que me muero por dentro, que mis bolsillos están hambrientos y que esta facha de hombre de bien, me está dejando el corazón en los huesos. Pero sabes bien, que no lo haré.
Sigue feliz, sigue contenta, que no pasa nada, que yo seguiré siendo el loco con el alma infecta.
Noviembre 02
No veo en la mesa el ardiente tabaco
ni huele a copal el ambiente, trágico
como las letras que me dan trabajo
de vida y de Muerte, caos mágico
entre flores moradas, amarillas
recién cortadas, benditas, extintas
como las almas al ver la bombilla
encendida, un tintero ya sin tinta,
un muerto sin querer resucitado
que viene con sed de los pasos dados,
con hambre de sentirse recordado,
tal como fue, con el pecho abultado.
Pero no veo nada de eso en la mesa,
las velas de a poco se han apagado
sin traer consigo ninguna sorpresa
sin panteones ni ceniza, olvidado.
ni huele a copal el ambiente, trágico
como las letras que me dan trabajo
de vida y de Muerte, caos mágico
entre flores moradas, amarillas
recién cortadas, benditas, extintas
como las almas al ver la bombilla
encendida, un tintero ya sin tinta,
un muerto sin querer resucitado
que viene con sed de los pasos dados,
con hambre de sentirse recordado,
tal como fue, con el pecho abultado.
Pero no veo nada de eso en la mesa,
las velas de a poco se han apagado
sin traer consigo ninguna sorpresa
sin panteones ni ceniza, olvidado.
noviembre 01, 2010
Hoy (Fragmento #5)
Hoy hubiera preferido dormir
pero ya es demasiado tarde,
las sombras silentes me envuelven,
la métrica no me acompaña
y las rimas no me obedecen.
El trago en la mano no da razón
de vida, ni a caso de Muerte.
El vicio no se me vuelve virtud
y las letras se vuelven al hormigón...
pero ya es demasiado tarde,
las sombras silentes me envuelven,
la métrica no me acompaña
y las rimas no me obedecen.
El trago en la mano no da razón
de vida, ni a caso de Muerte.
El vicio no se me vuelve virtud
y las letras se vuelven al hormigón...
octubre 31, 2010
Sin mas Explicaciones
No se que tanto pretendo explicar. Las explicaciones no me van ni me vienen, en realidad, serían solo un firme y arraigado formalismo dentro de la filosofía del perdedor; y yo soy uno de ellos, bien que me queda claro. Tan claro que no hago más, que sentarme en esta silla tratando de darle esa estética a la vida (a mi vida) que los dioses, jamas pudieron darme con su gracia divina. No me apura, no del todo. Por que también con eso se nace, siendo a final de cuentas una especie de mundano don, como a su vez, con la facultad irremisible de ser un ganador. Por que es una facultad, por más escepticismo que guarde en el cajón destinado clandestinamente a los dogmas y a paganos credos, a la ideología en mi persona tan característica. Digamos pues, que soy un pelanás con diversos y muy entrañables beneficios.
La otra noche fui a ver a la gente bailar. Y ahí me tienes, con la mirada fija en la pista de luces multicolores, en el último y más sombrío lugar. Esa esquina que me brindaba la protección de la lejanía, del bullicio, de los pasos y las vueltas y de todo aquél enmarcado compás. Y ahora pienso: "La gente baila para olvidarse un poco de lo que es, de lo que fue y de lo que sin remedio será. Disfruta de los acordes, de los acordes, de las tonadas, de sentir un cuerpo tibio y dispuesto a la par, en el mismo canal, en el mismo camino a pesar de que sea, sin remedio también cíclico". Yo escribo para arraigar en la columna este eterno mal, para sentir esa carne adormecida por la caña vivaz y empedernida, por reencontrarme con aquel grumete en extraño navío embarcado despierto, con los sueños de antaño palpitando en el corazón que a pesar de tan malos tratos, sigue navegando. Por eso mismo, después del trabajo diario, después de librarme del aspecto humano, vuelvo aquí, a suspirar mientras el humo del tabaco de las fauces se me va escapando. Pero basta, no es mi intención explicar más.
El punto es que fui a ver a la gente bailar, y bebí un trago y otro más y siendo sincero pensaba: ¡Cuánta chica linda se ha concentrado en este lugar! Y al hablar de chicas me refiero al género, no a la edad, con sus pies siempre atinados y sus faldas (en el mejor de los casos), revoloteando sin parar. La gente es extraña. Y sonaba una trompeta por los altavoces y la prisa les corría por las piernas a las féminas. ¿Habrá a caso regla mayor que el hombre a la perfección acate, como la de un par de piernas en el punto exacto donde se unen a las caderas? Creo que no. Así. Una respuesta tajantemente lacónica. Mientras yo, ahí, con el vaso en la mano, ordenando un trago, a todos lados mirando, un tanto divertido, un tanto ensimismado, un tanto enajenado, pensando en la mejor y más natural respuesta si al cabo una dama me brindara su mano para ese trance de bailar. "Soy homosexual", pensé contestar. Pero no lo soy, y si así lo fuera, también me encantaría bailar. Y yo no he llegado al punto en que pueda olvidarme de lo que fui, de lo que soy y de lo que seré. No, no pudo pretender tal cosa, aún me falta tiempo para comprender que el alma, para ser intocable necesita no reprender los anhelos y quizás, hasta cierto punto, que los psicólogos le encuentren un blindaje de titanio.
Yo no bailo, y si lo hiciera, ya estaría en cualquier espectáculo circense hospedado en la ciudad, de esta ciudad que con alevosía presume tener gente viva, aunque la supuesta vida, no se trate más de una maña, de un atraco, de un artificio infernal que la mantiene siempre, a todas horas vigía. Aquí el que no roba, es por consiguiente robado. Si quieres perder algo, esta es la capital del desamparo. Es un buen sitio para perder la fe, el pudor y después caminar sin desparpajo, sin rencores, sin aparentes remordimientos, dejando todo de lado. Aquí yo he perdido el pudor, la fe, el escaso honor, una que otra Musa escandalizada ante tanto horror y las ganas, al saber el preciso procedimiento requerido para ser un ganador. Por eso me refugié en la esquina más solitaria, apartado de las luces, haciendo alarde de la cobardía esquiva de una mano tendida, invitándome a bailar.
Es por eso y no miento, que me divierto con las luces, cuando pienso que la gente extraña tendrá siempre un destino mucho menos siniestro, cuando entre el vestido de una Dama arde la bengala que cura de la sal el desierto.
Y yo no bailo. Si más prefiero las sombras, las estúpidas explicaciones, las prosas y los versos, la ciudad enmarañada en solitarios ecos, en lamentos, enfrascada en la tinta y el papel que me hacen la vida, siempre fiel, sin ritmos concisos a seguir, sin clave de sol ni pies torpes a pesar de los tormentos.
octubre 28, 2010
¿Y al Final Qué?
No es que sea mía, totalmente mía
a veces, que sea real al cabo dudo.
Ahí, cuando radiante el filo, agudo
y brillante de la navaja, ¡Cría
de vendavales y fríos demonios!
arremete contra el propio sentido,
lo adormece, para vernos perdidos
para probar el sabor del amonio.
¿Y al final qué, si estamos tan sólos
sin importar a quién le pertenezca?
llegó la soledad, sin que amanezca
sin risas, ni rastro alguno de dolo
y se ha posado a nuestro lado, altiva,
una vez los niños dormidos, ellos
que son lo que otrora fuimos, deriva
de tempestades, pero todos bellos.
Duermen en silencio, ángeles perfectos
mientras, nuestros ojos en par abiertos
tratando de hallar en el techo espectros,
que nos regresen a anteriores puertos.
¿Y al final qué, si sólos estamos
entre las sombras y entre las luces,
bebiendo un trago, fumando tabaco
y después a la cama, a caer de bruces?
No es tuya, tampoco, ¡Cosa de locos!
el trasnochar metido en peroratas,
compartir la cruel soledad de a poco
que en la mirada siempre se delata.
a veces, que sea real al cabo dudo.
Ahí, cuando radiante el filo, agudo
y brillante de la navaja, ¡Cría
de vendavales y fríos demonios!
arremete contra el propio sentido,
lo adormece, para vernos perdidos
para probar el sabor del amonio.
¿Y al final qué, si estamos tan sólos
sin importar a quién le pertenezca?
llegó la soledad, sin que amanezca
sin risas, ni rastro alguno de dolo
y se ha posado a nuestro lado, altiva,
una vez los niños dormidos, ellos
que son lo que otrora fuimos, deriva
de tempestades, pero todos bellos.
Duermen en silencio, ángeles perfectos
mientras, nuestros ojos en par abiertos
tratando de hallar en el techo espectros,
que nos regresen a anteriores puertos.
¿Y al final qué, si sólos estamos
entre las sombras y entre las luces,
bebiendo un trago, fumando tabaco
y después a la cama, a caer de bruces?
No es tuya, tampoco, ¡Cosa de locos!
el trasnochar metido en peroratas,
compartir la cruel soledad de a poco
que en la mirada siempre se delata.
Gracias Alicee (aunque me cueste trabajo decirte así).
Por todo, en verdad.
octubre 27, 2010
Me Basta
Hoy jugaré a ser el de las manos mudas
y la respiración entrecortada,
esa bella imagen me sobra
ahí, sublime, estancada
sin darme nada.
Me basta.
y la respiración entrecortada,
esa bella imagen me sobra
ahí, sublime, estancada
sin darme nada.
Me basta.
octubre 21, 2010
Apología de la Locura (Auto-Relato #6)
Constantemente salgo a la escalera a fumarme la vida, a cerrar los ojos buscando encontrar ese propio reflejo, que sea mío y que venga de adentro; ya después miro al cielo. Ese cielo que todo tiene de traidor y mezquino y que no me da para más, mirarlo ensimismado, mientras las aves nocturnas las entrañas le van surcando. Hace mucho que ahí me planto, en el tercer peldaño, un trago en la mano con la escasa luz que hace mi sombra más larga y mis hombros más enjutos. Luz de día artificial aquella que me brinda la bombilla, cuando la oscuridad se hace presente y las calderas en silencio arden cocinando brevajes que yo mismo no bebería, ni llevando sin gota de agua una semana en el desierto. Aquí pues, ahora me siento, me acomodo entre las manos la lumbre del infierno y comienzo.
Viene un aire soplando un aliento agradable, se cuela por entre las mangas de la camisa, que ya a estás horas lucen ennegrecidas, me trepa por el cuello, me inunda la cabeza y después convertida en brisa, me sofoca. Es el ulular de la Luna; es su eterna costumbre, que ha de hacer que levante la mirada para contemplarla, para hacer entre el vuelco de palabras que mis manos sangran una súbita pausa. Y me dice cosas al oído y algunas veces me canta con su divina gracia y ¡Heme ahí, como completo pelmazo su voz escuchando! Su voz es la más dulce de todas, la más sublime, la que ha ido recolectando a lo largo del tiempo ese tono angelical. Me dice: "Gato, ya es hora", por que no ha de hablarme por mi nombre, quizás ni siquiera lo sepa ó simplemente no le importe. ¿Hora de qué? Le pregunto y calla. Y su boca se vuelve una fúnebre gruta, de techo cavernoso que cuando llena, una gota emana, siempre constante, siempre una gota de caña, de delirio inclemente, una gota que en el paladar juega, lo calienta y aún después saberse embargado por esa soledad reflejada, a uno lo alienta a seguir anclado a la nada. "Esa voz, Mujer, esa voz, que no es la tuya y que imita tu tono cuando el despertador ha de hacer mella en el propio despertar de los demonios. Esa voz, que es la misma de siempre". ¡Esa maldita voz!
El cenicero se ha plagado de ceniza, de flores marchitas y de una decena de colillas. Me distrae el rugido de un carro desde lejos y que ahora viene pasando, vuelvo a las palabras, me revuelvo en señal de cansancio los cabellos y entre las nubes la imagen del cielo poco a poco fue desapareciendo. "Dichoso que soy" me digo, y vuelvo al vaso para darle un sorbo. "Dichoso, cuando en mi cabeza sólo logro escuchar el breve palpitar de mis sienes, la sangre fluyendo sin saber de que dirección viene, ó a dónde demonios va, o tan solo ahí acumulada descansando de tanto manar" Y soy yo otra vez, la tinta negra se empeña a sacar a relucir un par de versos que al cabo de un rato desestimo, por encontrarlos demasiado masticados. Hago un par de garabatos y los examino brevemente, en busca de una forma que se torne amigable... ¡Nada! Y regreso a los mismos versos, los leo, los mido y el veredicto ha de ser el mismo. ¿Cuántos cestos de basura habré de llenar sin siquiera importarme el ecocidio que en una sola noche soy capaz de perpetrar? ¿Cuántas pasiones andarán por ahí, vagando mutiladas, con una pierna de palo, sin un brazo, sin la esperanza ya de regresar a mis trazos? Tampoco mucho me importa.
"Ya es hora, Gato". Vuelve a decir.
¡Maldita sea! ¿Hora de qué? Sus labios ya se han cerrado aunque los sigo mirando a través del marco de la hoja de papel, que como extraña maldición nunca la pluma ha de tocar y parece ser, que es lo único que al pasar de los años, se conserva blanco. Los ojos cierro en afán de alejarme precipitadamente del ensueño, sin a caso por un segundo conseguirlo. ¡Lo juro, Mujer, que es la Luna y sus encantos, sus magníficos atributos que no necesitan de piernas ni ese punto sublime donde se cierran! ¡Es su lasciva invitación al más profundo beso sin llegar a rozar jamás sus labios! Y empuño con el alma el arma que muy a mi pesar, me han dado las propias noches que me congelan aún en pleno verano; la empuño y tiembla por que al igual que yo es cobarde y escupe su tinta que nunca será letal ni indeleble.
¡Maldita sea! ¿Hora de qué? Sus labios ya se han cerrado aunque los sigo mirando a través del marco de la hoja de papel, que como extraña maldición nunca la pluma ha de tocar y parece ser, que es lo único que al pasar de los años, se conserva blanco. Los ojos cierro en afán de alejarme precipitadamente del ensueño, sin a caso por un segundo conseguirlo. ¡Lo juro, Mujer, que es la Luna y sus encantos, sus magníficos atributos que no necesitan de piernas ni ese punto sublime donde se cierran! ¡Es su lasciva invitación al más profundo beso sin llegar a rozar jamás sus labios! Y empuño con el alma el arma que muy a mi pesar, me han dado las propias noches que me congelan aún en pleno verano; la empuño y tiembla por que al igual que yo es cobarde y escupe su tinta que nunca será letal ni indeleble.
Ya es hora, Gato. No lo ha dicho, lo leo ahora en sus ojos.
"Son sus ojos, Mujer, que me hechizan al no saber si es precisamente a mi a quien están viendo ó sólo son un escudo que desde su plata brilla para mostrar un espejismo que hace que el caos tenga sentido, que la marea solo termine por subirme hasta la cintura y me deje las manos, éstas, de alguna manera libre para existir". Apuro entonces mi trago y lo siento como baja, quemando lento, articulando el pensamiento, desatando nudos que se entrelazan sin puntas aparentes chamuscadas de inclemente infierno; apuro a la ebriedad que se asoma por el iris, por la cornea y desemboca en el cristalino. Ya entonces, mientras fumo respiro por un instante que no ha de darme mayo prórroga.
"Ya es hora, Gato, ya es hora. Ya es hora, Gato , ya es hora. Ya es hora Gato, ya es hora... "
Y es el eco el que hace que resuene con mayor brío un tormento con sabor a sal, que surca las mejillas corriendo hacia abajo, hasta llegar a la boca para ahí arraigarse y hacer dentro sí su propio Erebo, que no mana ni fluye y sin embargo en el propio andar tanto influye, como el ave que perdida en la mar no ha de encontrar jamás descanso en ningún puerto. Es un cigarrillo entre los dedos encendido, sin la fuerza necesaria para poder quemarse por completo, para expirar y entre humos densos, entre matorrales de alquitrán que solo espinan y no dan para más. "Es el eco, Mujer, el que me encadena sin remedio al tercer peldaño, el que termina por hacerme el loco que bebe de la caña para sentirse en harapos mientras fuma tabaco y piensa que quizás mañana, todo será un sueño extraño".
Ya es hora, Gato. Y se cubre entre nocturnos estratos.
Lo se. Debo saltar y tratar de aferrarme a su manto de nácar, a su paso y a su rastro, a su estela que inveteradamente va dejando. "Debo saltar, Mujer, debo hacerlo, para después caer de pie y al pie de la escalera, para después recobrar mi lugar y volverlo a intentar, que tal vez el día menos pensado sea yo, quien seguido del amor la logre eclipsar y sea ella, quien me intente por un instante enajenar mostrándome en torrente sus letras, esquivando el capote de la Muerte ó tan sólo ahí meditando, si ha de ser justa e inevitable su propia suerte".
"Ya es hora, Gato, ya es hora". Y prosigue: "Ya es hora de dejar de soñar..."
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